Mi Gran Norte

 Se dice que “El Gran Norte” no es un lugar, es un estado de ánimo, y que la cara es el espejo del alma, lo que en mi caso no creo que sea acertado. Aún así, en la foto aparecen caras mías en diferentes expediciones a ese estado/lugar.

«Una de las más bellas cualidades de la verdadera amistad es entender y ser entendido» sentenció Séneca. Con este propósito, quisiera que las personas que leen este blog me entendieran, por lo que en esta entrada pretendo explicar mi atracción por los paisajes árticos, por el medio polar ubicado al norte, por encima de los 66º que definen al círculo polar ártico, «Un deslumbrante paisaje hostil de hielo», así lo describía Barry López, en su mítico libro "Sueños Árticos".

Qué es el Gran Norte?

"Mi Gran Norte" es un término que se refiere al área más septentrional de la Tierra. Ocho países comparten este espacio delimitado por el Círculo Polar Ártico: Canadá, Estados Unidos (por el Estado de Alaska), Groenlandia (como Territorio Autónomo de Dinamarca), Islandia, Noruega, Rusia, Suecia y Finlandia. Un área que se describe por sus vastas y remotas regiones caracterizadas por los paisajes salvajes de la taiga y de la tundra, por el clima frío y la escasísima densidad poblacional. Regiones con un clima marcado por sus inviernos largos y fríos, y veranos cortos y frescos, por la presencia de hielo, nieve y permafrost, espacios donde nuestra noción habitual de 4 estaciones se queda escasa. El pueblo sami (El mal llamado lapón) divide en 8 estaciones su ciclo anual, y créanme que están muy acertados en diferenciar el invierno del invierno profundo, lo he sentido en mi piel... Un enero en Sápmi (La mal llamada Laponia), una ola de frío extremo me dejó una sensación térmica de -57,5ºC, no se me olvida la experiencia.

Este paisaje marcado por el frío, también tiene su lectura desde la antropología, Según Bernd Brunner «La historia de las civilizaciones parece mostrar que los seres humanos tenemos una clara preferencia por el calor y rehuimos el frío... El calor se asocia con la vida, mientras que el frío se asocia con la muerte». A pesar de la apreciación de Brunner, debemos apreciar el frío como un regulador el clima global. Los campos de hielo, por ejemplo, reflejan la radiación solar, lo que ayuda a contrarrestar el calentamiento global, es el efecto albedo. Y así podemos encontrar muchos ejemplos más de la relación de los ciclos biológicos y el frío en la fenología, pero la ciencia no puede explicar por si sola mi relación con los paisajes helados, como decía al comienzo, «El Gran Norte no es un lugar, es un estado de ánimo».


Quiero suponer que aceptar esto no me supone un trastorno afectivo estacional o padecer el síndrome del capitán Hatteras. Mi relación con el Gran Norte tiene origen en libros como los de Jack London (El silencio blanco-El hijo del lobo-Encender una hoguera-Una odisea del norte...), en la literatura polar (Shackleton, Scott, Amundsen, Nansen...). A los 7 años ya había leído mucho sobre esto... Recuerdo perfectamente pasar frío en mi cama leyendo alguno de estos relatos, sentir la incertidumbre de ser un fragmento de esa amplitud, de la que tan bien describe Michel Onfray en su “Estética del Polo Norte”. Después llegaron decadas de libros de montaña que acrecentaron mi deseo de aventura... Las actividades invernales fuesen de escalada o esquí aliviaban mí deseo de frío, pero dentro de mi siempre se mantuvo el deseo de probar las travesías polares.

De los desafíos más fascinantes de la historia de la exploración o de la ficción de aventura, las expediciones polares son para mí el exponente perfecto. Las personas protagonistas, de estos desafíos, reales o ficticios, representan el perfil del intrépido aventurero, del explorador-científico que se enfrenta a un medio muy hostil, extremo, peligroso, complejo... Las expediciones polares son reflejo de la resistencia humana y su voluntad infinita de exploración. De esta épica, y a través de la experiencia, llegó la percepción más espiritual de estos paisajes y mi relación con los mismos.

Para mí, los anchos y “desérticos” paisajes helados, están asociados con los horizontes prístinos, los ancestrales, los auténticos. El frío me parece sanador, no me refiero solo al sistema inmunológico, también a mi mente. Ese “paisaje sin paisaje”, cuando menos monotemático, me retrotrae, me lleva a una dimensión raja yoga, me genera una sensación brutal de libertad.  En el mundo boreal me adentro en el templo del silencio, el sueño que nutre la sabiduría para Francis Bacon, y este silencio es lo que echo más de menos cuando regreso... El ruido me duele. “El silencio en sí mismo es rico. Es exclusivo y lujoso. Una clave para descubrir nuevas formas de pensar. No lo considero una renuncia ni algo espiritual, sino un recurso práctico para vivir una vida más plena”. Erling Kagge pone el dedo en la llaga -El silencio, un recurso práctico para la vida-.

Es cierto que llegar a este punto, supone enfrentarse al miedo, externo e interno. Mi amigo Carles Gel, en su libro “Las luces del norte” escribe: “Existen rincones de blanco inmaculado tan infinitos, que son capaces de producir miedos escénicos y mantenernos siempre en alerta para poder sobrevivir”... Esto también forma parte de mi experiencia y mi aprendizaje, y también forma parte de lo quiero trasmitir en las acciones del proyecto divulgativo que da origen a este blog, el proyecto cembavieya.

En próximas entradas contaré como son específicamente alguno de los espacios que he vivido y disfrutado.




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